Mariano Ojeda volvió a poner a África en el centro de su agenda profesional. Mientras sigue al frente del equipo del Hospital Provincial de Neuquén y además recorre por su cuenta zonas del interior para atender a personas con menos recursos, el cirujano infantil contó que quiere regresar a Angola. Su objetivo, según explicó, es llevar la laparoscopia. El médico ya viajó varias veces al país africano, donde operó gratuitamente a más de 100 chicos y también participó en la formación de profesionales locales para que pudieran continuar con ese tipo de intervenciones.
La historia entre Mariano Ojeda y África empezó por un contacto surgido en un congreso de cirugía infantil. A partir de ahí conoció el caso de un niño de 2 años de Angola que tenía labio leporino. La primera idea era que el pequeño pudiera viajar a Neuquén para ser operado, aunque esa opción no avanzó por trabas burocráticas. Entonces apareció otra posibilidad, mucho más inesperada: viajar hasta ese país africano para hacer la intervención en el lugar.
Ese primer paso abrió una cadena de viajes, operaciones y capacitaciones. En distintas campañas, Ojeda intervino a decenas de chicos en Angola, primero junto a su padre, Aníbal Ojeda, y después solo. En paralelo, siguió construyendo su carrera en la cirugía infantil, una especialidad marcada desde chico por la influencia de su familia, especialmente por la figura de su padre, también médico y dedicado durante años a operar a niños con malformaciones congénitas.
Ojeda contó cómo nació su vínculo con África
Según relató, todo comenzó en 2018, cuando durante un evento sobre cirugía infantil le hablaron de un nene angoleño de 2 años con labio leporino. Ese chico era hijo de la directora de un hospital, que buscaba una solución porque no conseguía respuesta. Después de ese primer contacto, Mariano logró comunicarse con la madre del niño, quien le envió imágenes del caso para que pudiera evaluarlo.
En un principio, la posibilidad que se manejaba era que el pequeño viajara a Neuquén para ser intervenido. Sin embargo, esa alternativa no prosperó por cuestiones burocráticas. Frente a esa dificultad, la idea de ir ellos hasta Angola apareció dentro del ámbito familiar. Mariano recordó que fue su padre, Aníbal Ojeda, quien le lanzó la propuesta de manera directa. “Me dijo, ‘¿Y si vamos?’ Le contesté ‘Bueno, vamos’, sin pensar. La verdad que fue una locura”.
Así fue como, a mediados de 2019, padre e hijo viajaron a Luanda, la capital de Angola. Allí fueron recibidos por una médica angoleña que había estudiado en la Argentina y que los acompañó durante la estadía. Más tarde se trasladaron a Luena, la ciudad donde vivía el niño al que habían ido a operar. Mariano describió ese lugar como una zona muy pobre, con un hospital de buen nivel levantado a partir de donaciones europeas, aunque con pocos profesionales médicos.
La operación del pequeño se realizó sin complicaciones. Pero además, una vez que llegaron al hospital y vieron a otros pacientes con malformaciones congénitas, pidieron permiso para seguir trabajando. “Vimos a un montón de niños que tenían malformaciones congénitas, y preguntamos si podíamos operarlos. Nos dejaron, y así intervenimos a 19 más”, contó. De esa manera, el primer viaje no quedó reducido a un solo caso, sino que terminó ampliándose a 20 intervenciones.
El recuerdo de las familias y el impacto de ese primer viaje
Entre las escenas que más quedaron marcadas en la memoria del cirujano aparece la reacción de los padres de los chicos atendidos. Según dijo, el agradecimiento de las familias fue una de las experiencias más fuertes de toda esa misión en África. “Los padres estaban súper agradecidos. Me hicieron sentir que servía para algo en la vida”, afirmó al recordar aquellos días en Angola.
Esa primera campaña también terminó de consolidar un lazo con ese país. Lo que había arrancado con una consulta puntual pasó a convertirse en un proyecto sostenido en el tiempo. No solo por las operaciones, sino también porque después aparecieron nuevas convocatorias para volver y ampliar el trabajo, tanto en cantidad de pacientes como en formación de profesionales locales.
Angola volvió a convocarlo y en África sumó operaciones y formación médica
A comienzos de 2020, la misma médica angoleña lo volvió a contactar para una nueva misión, otra vez junto a su padre. El plan era atender a una mayor cantidad de chicos, aunque la irrupción del covid obligó a postergar ese viaje. Recién pudo concretarse en 2022, cuando regresaron a Luanda para retomar la tarea.
En esa nueva etapa no solo realizaron cirugías. Además, capacitaron a médicos locales para que pudieran llevar adelante ese tipo de intervenciones en el futuro. Ese segundo regreso dejó 48 niños operados exitosamente. Pero para Mariano también tuvo un peso personal especial, porque fue la última vez que trabajó con Aníbal, que ya empezaba a atravesar una enfermedad. En ese contexto, decidió guardar una imagen de ambos saludándose.
Con el paso del tiempo, ese trabajo de formación mostró resultados concretos. Más adelante, en 2025, Mariano supo que los profesionales preparados durante aquella visita habían realizado 2000 cirugías infantiles. Ese dato le dio otra dimensión a la tarea hecha en Angola, ya que el alcance dejó de depender solamente de sus viajes y empezó a seguir a través del trabajo de los equipos locales.
También en 2025 volvió a ser convocado para perfeccionar a los médicos angoleños. Esta vez viajó solo, sin su padre. “Mi viejo no pudo ir por una enfermedad”, explicó. A diferencia de las campañas anteriores, en esa ocasión no tuvo que afrontar todos los gastos, porque el viaje fue financiado por el Gobierno de Angola. Durante esa misión alcanzó su mayor número de operaciones de labio leporino en una sola campaña: 68, con el apoyo de profesionales africanos.
La historia de Mariano Ojeda con la medicina viene de su padre y de una vida entre hospitales
La figura de Aníbal Ojeda atraviesa toda la historia personal y profesional de Mariano. “Mi historia es la historia de mi viejo. Somos iguales, lástima que yo no tengo hijos”, resumió. Su padre se había formado como médico en Córdoba junto con María Esther Buteler, también médica. Después, a mediados de la década de 1970, ambos se trasladaron a La Rioja para incorporarse al hospital Presidente Plaza, hoy Enrique Vera Barros.
En noviembre del 76 viajaron a Córdoba únicamente por el nacimiento de Mariano. Luego regresaron a La Rioja, donde Aníbal comenzó trabajando como médico de adultos en el hospital, aunque con el tiempo se volcó a la atención pediátrica y terminó especializándose en cirugías de niños con malformaciones congénitas. Además de su labor hospitalaria, recorría el interior de la provincia en auto para buscar pacientes y operar sin cobrar. En los primeros años, según se indicó, intervino a más de 8000 niños.
Mariano creció en ese ambiente. Pasó su infancia entre la casa familiar, los hospitales y los viajes por ruta acompañando a su padre. “Mi viejo me hizo médico y mi mamá, persona”, señaló. También recordó hasta qué punto el quirófano formó parte de sus primeros años: “Sabía lo que era un quirófano antes de aprender a andar en bici”. Incluso relató que cuando tenía 6 años, su propio padre lo operó de apendicitis, en una etapa en la que ya entendía de qué se trataba una intervención.
Esa cercanía con la medicina marcó su camino. Igual que sus padres, estudió Medicina en la Universidad de Córdoba. En 2002, a los 25 años, se recibió y ese mismo año entró como residente en el Hospital Infantil de Córdoba. Eligió cirugía infantil como especialidad. “Fue mi viejo quien me inculcó el amor por el quirófano. Me ayudó a acelerar los tiempos, porque él atendió adultos y recién después se pasó a chicos, mientras que yo directamente empecé con niños”, explicó.
De La Rioja a Neuquén, y con Angola todavía en la mira
En 2007 volvió a La Rioja con la intención de trabajar junto a su padre, aunque ya como colega. Durante esa etapa vio de cerca cómo Aníbal, después de recibir una donación, impulsó la creación de la Fundación Rioja, una entidad dedicada a asistir a niños con malformaciones congénitas que no pueden pagar una cirugía. Ese regreso, sin embargo, fue breve.
En pocos meses, Mariano empezó a destacarse dentro del hospital Vera Barros por introducir una técnica que allí no se utilizaba. “Llevé la laparoscopia a La Rioja, y los directores estaban muy contentos conmigo. Pero al segundo año, empecé a pedir herramientas mejores, y no me las daban. Sentía que no podía avanzar y me empecé a preocupar”, relató. Más adelante accedió a un intercambio para irse a Saint-Étienne, en Francia, donde profundizó su formación, aunque después volvió otra vez a la Argentina y a La Rioja.
El cambio definitivo se dio tras otro congreso médico. Allí, personas vinculadas a Neuquén se interesaron por su perfil y luego fue convocado a una entrevista en el Hospital Provincial Doctor Castro Rendón. Viajó acompañado por su padre y finalmente quedó seleccionado. Ya instalado en esa provincia, recibió una propuesta dentro del hospital para trabajar con chicos que tenían labio leporino. Entonces planteó la necesidad de armar un equipo multidisciplinario y quedó al frente de ese grupo, función que mantiene hasta hoy.
En la actualidad está por cumplir 50 años y decidió poner en pausa su etapa más intensa de viajes. Parte de su presente también pasa por la fundación creada por su padre, donde recientemente asumió como presidente. Al mismo tiempo, continúa como jefe del equipo del Hospital Provincial de Neuquén y sigue recorriendo el interior para atender a quienes más lo necesitan. Aunque hoy bajó el ritmo de traslados, dejó en claro que mantiene otro objetivo en agenda respecto de África: “Quiero llevarles la laparoscopia”.

