Carlos Gardel vuelve a quedar ligado al primer mundial por una historia poco transitada de su vida pública. A 91 años de su muerte en Medellín, se recuerdan sus visitas a las concentraciones de Argentina y Uruguay durante la Copa del Mundo de 1930, sus tangos en reuniones privadas, las guitarreadas con futbolistas y las frases que quedaron en crónicas de la época. El cantor, ya convertido en una figura popular del Río de la Plata, cruzó a Montevideo antes de la final que enfrentó a los dos seleccionados rioplatenses.
El último tramo de su vida quedó marcado en Colombia. La noche del 23 de junio de 1935, Gardel cantó por última vez desde el balcón de Radio La Voz de Medellín. En esa presentación eligió interpretar Tomo y obligo y, antes de terminar, pronunció una despedida que fue citada por las crónicas de aquel tiempo: “La emoción no me deja hablar. ¡Gracias y hasta siempre!”.
Al día siguiente, el 24 de junio de 1935, el avión en el que viajaba chocó con otra aeronave en el aeropuerto de Las Playas mientras carreteaba para despegar. Gardel tenía 44 años. Ese accidente ocurrió cinco años después del primer Campeonato Mundial de Fútbol organizado por la FIFA, disputado en Montevideo durante el invierno de 1930.
Carlos Gardel y el primer mundial: las visitas que cruzaron tango y fútbol
En 1930, mientras las selecciones participantes se reunían en Uruguay, Gardel estaba en Buenos Aires con una agenda de actuaciones casi completa. Sin embargo, viajó hacia Montevideo para compartir momentos con los futbolistas argentinos y uruguayos antes de la final. Aquella presencia no aparece como un detalle aislado, sino como una zona de contacto entre dos expresiones populares muy fuertes en el Río de la Plata: el tango y el fútbol.
Walter Santoro, presidente de la Fundación Internacional Carlos Gardel, relaciona ese episodio deportivo con la historia del cantor. “Noventa y seis años después del primer Campeonato Mundial de Fútbol, resulta imposible no advertir un curioso paralelismo entre aquel acontecimiento fundacional y la historia de Carlos Gardel”, sostiene. Según su reconstrucción, el fútbol de esa época todavía estaba muy lejos de convertirse en la gran industria global que se conocería después.
El torneo de 1930 tuvo una escala distinta a la actual. Trece selecciones viajaron en barco hasta Montevideo para competir en un campeonato que recién daba sus primeros pasos. Los entrenamientos eran simples, los estadios empezaban a llenarse de público y los jugadores disputaban los partidos con la gloria como principal incentivo. En ese ambiente, la llegada de Gardel a las concentraciones tenía un peso particular.
Santoro remarca que el cantor no se acercó como un visitante más, sino “como una de las figuras más populares del Río de la Plata”. Su presencia entre los planteles de Argentina y Uruguay quedó asociada a la previa de un partido histórico, porque esos dos equipos terminarían enfrentándose por el primer título mundial organizado por la FIFA.
La relación de Gardel con el fútbol, de todos modos, venía de antes. Su amistad con Josep Samitier, mediocampista del FC Barcelona conocido como el Hombre Langosta, lo acercó a un deporte que inicialmente no le despertaba demasiado interés. El propio cantor llegó a decir que no había comprendido realmente el fútbol hasta ver jugar al Barcelona, donde encontró entrega, emoción y sacrificio en cada encuentro.
Esa admiración quedó plasmada en el tango ¡Sami!, dedicado a su amigo catalán. También se vinculó con su simpatía por el club azulgrana. En distintas referencias gráficas de su cercanía con el deporte, Gardel aparece junto a jugadores del Barcelona, equipo del que fue hincha.
la última noche en Medellín y la despedida ante la radio
El recuerdo de Gardel en Colombia permanece unido a sus últimas presentaciones públicas. La noche anterior al accidente, desde Radio La Voz de Medellín, el cantor se despidió con una frase que quedó registrada por cronistas de la época. Horas después, el viaje que realizaba terminó de manera abrupta cuando el trimotor Ford en el que iba chocó contra otra aeronave en la pista del actual aeropuerto Olaya Herrera.
El incendio se produjo en segundos. Además de Gardel, murieron Alfredo Le Pera, su gran compañero, y sus tres músicos. Antes de subir al avión, el cantor había dejado otro mensaje ante los micrófonos: “No sé si volveré, porque el hombre propone y Dios dispone”. Esa frase quedó asociada a sus últimas horas en Colombia, junto con la despedida de la noche anterior.
El cuerpo fue enterrado inicialmente en el cementerio de San Pedro, en la ciudad colombiana. Después comenzó un trámite burocrático que involucró al presidente colombiano Alfonso López y una disputa diplomática entre Argentina y Uruguay por la repatriación de los restos. El féretro llegó al puerto de Buenos Aires el 5 de febrero de 1936.
Más de 40.000 personas esperaban la llegada del féretro y participaron de una procesión multitudinaria que avanzó de manera ininterrumpida por la Avenida Corrientes hasta el Cementerio de la Chacarita. Allí fue alojado primero en el Panteón de los Artistas. En diciembre de ese mismo año, el cuerpo fue trasladado a una doble parcela dentro de la misma necrópolis.
El 7 de noviembre de 1937, los restos de Carlos Gardel fueron exhumados por última vez y depositados de forma definitiva en el mausoleo coronado por su estatua de bronce.
Argentina y Uruguay en 1930: el corazoncito dividido antes de la final
En los días previos a la final del Mundial de 1930, Gardel visitó la concentración argentina en Santa Lucía. Allí compartió sobremesas con los jugadores, tocó la guitarra y cantó hasta entrada la noche. Francisco Varallo, delantero del seleccionado argentino, contó en una oportunidad que Gardel aparecía con frecuencia en ese campamento.
Entre los futbolistas de aquel plantel estaban Guillermo Stábile, Luis Monti, Carlos Peucelle y el propio Varallo. Para ellos, la visita del artista más reconocido del momento tenía un significado que iba más allá de cualquier rutina de preparación. Santoro interpreta esos encuentros como parte de una convivencia entre dos mundos populares que se reconocían entre sí.
Gardel no se quedó solamente con la delegación argentina. También fue a ver al plantel uruguayo en su concentración, les cantó y compartió chistes con quienes luego serían campeones del mundo. Aunque la rivalidad entre Argentina y Uruguay ya estaba instalada, el cantor evitó quedar encerrado en una elección tajante.
Cuando los periodistas le preguntaban por quién simpatizaba antes de la final, respondía con una frase que quedó pegada a ese torneo: “Tengo mi corazoncito dividido”. Santoro sostiene que no era una simple evasiva, sino una expresión vinculada con una cultura rioplatense compartida por argentinos y uruguayos.
Ese mismo tono apareció cuando le pidieron pronósticos deportivos. Antes de las semifinales, en las que Estados Unidos y Yugoslavia buscaban un lugar en la definición, un periodista local lo consultó sobre sus expectativas. Gardel respondió con una comparación hípica: “El fútbol es más difícil de acertar que las carreras, y en el hipódromo no acierta nadie, salvo (Irineo) Leguisamo. Solamente diré que los rioplatenses llegarán a la final”.
El pronóstico se cumplió. El 30 de julio de 1930, Argentina y Uruguay disputaron la primera final del Campeonato Mundial organizado por la FIFA. Uruguay ganó 4 a 2 y obtuvo el título. Gardel no estuvo en las tribunas del Estadio Centenario. Había dicho ante la prensa que su afecto por las dos banderas era demasiado grande para inclinarse por una de ellas.
El fútbol en la vida de Gardel: canciones, barrios y una identidad compartida
La cercanía de Gardel con el fútbol no terminó en aquellas visitas a las concentraciones. También grabó canciones inspiradas directamente en ese deporte, como Patadura y Mi primer gol. En una época en la que parte de la intelectualidad miraba al fútbol con distancia, el cantor lo incorporó a su mundo artístico como una práctica nacida en los mismos barrios donde el tango había encontrado su voz.
Para Santoro, Gardel entendía el fútbol y el tango como expresiones surgidas de un mismo origen social. Ambas manifestaciones nacían en los barrios, hablaban con lenguaje de calle y representaban aspiraciones de inmigrantes y criollos que construían una identidad nueva en el Río de la Plata. Desde esa mirada, el fenómeno deportivo podía leerse con claves parecidas a las del tango: una forma colectiva de reconocimiento popular.
Una frase recordada por Santoro resume cómo el cantor vinculaba su figura con ese mundo común: “Mi fama no es mía, es de mi país, de mi pueblo. A quien aplaude el público no es a Carlos Gardel: es al arte popular nuestro, al alma nuestra que, por una casualidad feliz, me ha tocado interpretar a mí”. En esa línea, también se le atribuye otra definición: “no soy yo el que triunfa, es nuestro tango el que se impone”.
La identidad de Gardel, además, quedó atravesada por una discusión rioplatense que continuó durante décadas. En su testamento confirmó haber nacido el 11 de diciembre de 1890 en Toulouse, Francia, como hijo de Bérthe Gardés. Sin embargo, el 8 de octubre de 1920 inició una estrategia legal al registrarse en el Consulado de Uruguay en Buenos Aires, donde declaró falsamente haber nacido en Tacuarembó en 1887, tres años antes de la fecha real.
Un mes después, el 4 de noviembre de 1920, usó esa certificación para obtener su primer documento argentino: la Cédula de Identidad de la Policía de la Capital. Con ese respaldo, el 7 de marzo de 1923 pidió formalmente la ciudadanía argentina ante el Juzgado Federal N° 1. El trámite terminó el 1 de mayo de 1923, cuando obtuvo la nacionalidad argentina.
El 10 de mayo de 1923 pudo gestionar su primer pasaporte definitivo para iniciar su proyección internacional. Aunque esa documentación quedó registrada, Argentina y Uruguay siguieron disputando su origen. Esa tensión aparece en paralelo con la final de 1930, también protagonizada por ambos países, y se extendió incluso después de su muerte, durante las gestiones por el traslado de sus restos.

